El Camino como espejo de la vida: lo que aprendí al caminar con mi padre
El Camino como herencia y sueño de infancia
En este episodio, José Mari conversa con Humberto Herrera, un amigo, empresario y apasionado del Camino de Santiago. Todo comienza con un recuerdo de infancia: su padre, un lector empedernido, hablaba constantemente del Camino, y aunque nunca lo hizo, sembró en Humberto la semilla de un sueño. Una historia en particular -la de un grupo de amigos que cargaban mochilas repletas de cosas caras que terminaron regalando en el Camino- marcó profundamente a Humberto. Desde entonces, supo que algún día caminaría por esos senderos.
Durante años, ese sueño se quedó ahí, en pausa. Entre trabajo, excusas y la vida adulta, parecía lejano… hasta que un viaje a España y una conversación casual lo acercaron por primera vez a poner sus pies en el Camino. Su primer intento fue duro: sin preparación física, terminó con dolores musculares y una gran lección -que la vida, como el Camino, no es una competencia. Y que para disfrutarlo, hay que saber ir a tu propio ritmo.
Preparación, paisajes y una transformación profunda
Después de ese primer tropezón, Humberto volvió años más tarde, ya con preparación, con ganas de vivir el Camino a su manera y saborearlo a fondo. Lo hizo cruzando los Pirineos desde Francia hasta España, en una experiencia que mezcló historia, belleza natural y gastronomía. Para él, recorrer los mismos senderos que usó Napoleón, y dormir en sitios con historia como el hotel La Perla en Pamplona (donde se hospedó Hemingway), fue tan espiritual como cualquier catedral.
En esta etapa, entendió algo fundamental: el Camino refleja cómo vives la vida. Algunos lo hacen con penitencia, otros con gratitud; unos se quedan en albergues, otros eligen buenos hoteles y comida de autor. Lo importante es que sea auténtico para ti. Su experiencia demostró que puedes tener una conexión profunda con el Camino sin seguir un modelo único.
El viaje más especial: el Camino con su padre
Pero sin duda, la experiencia más especial de Humberto fue la última: caminar junto a su padre, con 74 años, en un tramo diseñado especialmente para ellos. Después de una etapa difícil a nivel emocional, Humberto decidió hacer realidad ese viejo sueño compartido y vivirlo de forma consciente, elegante y profunda.
Fueron días mágicos. Caminatas por bosques con historia, visitas a ermitas como Eunate y albergues templarios, alojamientos con alma y comidas memorables. Pero más allá de todo eso, lo más valioso fue la conexión entre padre e hijo. Las conversaciones que nunca habían tenido, los silencios cómodos, la emoción de ver un águila que los acompañó durante tres días seguidos, como si fuera un guiño del universo.
En una de las etapas, conocieron a un peregrino italiano que era ciego. Ese momento, lleno de humildad y admiración, les recordó todo lo que damos por hecho y lo poderoso que puede ser el Camino para quien se atreve a recorrerlo con el corazón abierto.
Humberto, más que un invitado
Este episodio no sería el mismo sin Humberto. Más allá de sus historias y reflexiones, él es un ser humano luminoso, intenso de la mejor manera, y con una mirada única sobre la vida. Es de esas personas que hacen preguntas profundas, que buscan el sentido en todo y que se atreven a vivir experiencias transformadoras.
Es un amigo de verdad, de los que inspiran y te empujan a atreverte. Su paso por el Camino deja claro que no importa cómo lo vivas, sino que lo vivas. Que te atrevas. Que pongas el cuerpo, el alma y el corazón en cada paso.